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Ciervo en la ladera del Zalama.

M. Hernández Sánchez-Barba, catedrático de Historia de América y cronista oficial del Valle de Mena
“A mi hijo Mario, cazador en los montes de Mena”

El juego es parte integral de la cultura y debe ser entendido como una manifestación de sus creencias y valores, porque sus convenciones y reglas tienen relación directa valiosísima con normas morales en fondo social, que no pueden apreciarse fácilmente y por eso se discuten.

Mario Hernández Sánchez-Barba

El historiador Johan Huizinga, en su sugestiva obra ‘Homo ludens’ (1938), analizó los códigos de conducta de los hombres e iba lejos al afirmar que toda sociedad es un juego y que en él se encuentra el «principio vivo de toda civilización». El ilustre historiador holandés parafraseaba una sentencia de Paul Valery cuando afirmaba que ante las reglas de juego no cabe ningún escepticismo, «porque el juego se desarrolla bajo convenciones de lugar, tiempo y espacio y, a su vez, los jugadores tienen asimilado su papel y lugar en el mismo». Es decir, la conciencia de que constituye un paréntesis en la vida ordinaria. De modo que el juego ejerce un papel fundamental en el proceso civilizador.

Baltasar Castiglione, en ‘El Cortesano’ (1528), afirmaba que la caza y la montería eran, sin duda, pasatiempos de personas de calidad, pero que además tenían unas cualidades formativas de enorme influencia en el proceso civilizador y un engranaje fundamental sobre ser caballero y lo que ello significaba. Lógicamente no era siempre igual, sino por las cualidades formativas que comportaba. En la Edad Media el ejercicio de la caza pertenecía a la educación del caballero. La literatura venatoria del momento histórico debía ejecutarse conforme a la virtud inherente a la nobleza, como puede apreciarse en la obra de Raimundo Llull ‘Libro del Orden de Caballería’ (1281). No cabe duda que la literatura venatoria singularizó la naturaleza caballeresca de la caza y así las consideraciones técnicas debían realizarse mediante un comportamiento que se codificaba por costumbres y tradiciones. Para su conservación y para comprenderlo y ejecutarlo; ello dotó de contenido al ars venatoria hasta configurarla como una ciencia compleja, cuyas particularidades no eran, porque no podían serlo, del dominio común. Alfonso X El Sabio, en las ‘Siete Partidas’, y su sobrino, el infante don Juan Manuel, lo elogiaban en el prólogo del ‘Libro de la caza’ y Alfonso X de Castilla en su ‘Libro de la Montería’.

 

 

Castilla no fue reino aislado, sino que se entendió en la Europa Occidental durante toda la Modernidad hasta nuestros días, en el cuadrilátero formado por Inglaterra, Borgoña, Francia y España. En ambos lados del Canal de La Mancha los métodos venatorios cobraban una fisionomía casi sacramental, cuyo propósito no era la diversión, sino el decoro. El ciervo, animal de naturaleza cristológica, era el más noble enemigo de la serpiente y su caza llegó a considerarse lo más alto y sublime, el ejercicio más excelente y el receptáculo de todos los valores del arte de la caza. Una minuciosa codificación estableció todos los límites sobre la manera más adecuada de cobrar un ejemplar. Una cacería satisfactoria giraba sobre tres factores: una buena organización de las jaurías de perros; la coordinación entre los cazadores, sobre todo en los espacios que corresponden a cada cual; por último, el correcto reparto y despiece de las piezas cobradas.

El ojeo, la batida, la persecución y la guía de perros debía desarrollarse como un mecanismo bien ensamblado, donde cada quien debía cumplir su función. Gonzalo Argote de Molina fue el autor del ‘Discurso sobre el libro de la montería de Alfonso XI’, uno de los más importantes libros escritos en España en el siglo XVI. Añadió Argote de Molina un apéndice con unas ilustraciones sobre los usos de los ciervos y sus maneras y costumbres, distinción entre machos y hembras y otros. En suma, se fueron añadiendo usos, costumbres y formas de caza según otros Estados europeos.

Siempre, hay que decir, se tuvo en cuenta por encima del juego, la expresión de magnificencia, la representación del honor y la subordinación de la diversión y el ejercicio a los valores formativos de la caza como deporte noble, e incluso necesario, para los hombres.

 

* Publicado en La Razón (13/11/2017)

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